Cómo fracasan los niños. John Holt

Decir excelente se queda corto…es largo y querríamos leerlo una y otra vez, da tanto que pensar….

john-holt-bwCÓMO FRACASAN LOS NIÑOS.  John Holt, 1923-1985
John Holt (nació el 14 de abril en la ciudad de Nueva York; murió en la misma, el 14 de septiembre) es tal vez la figura más relevante de la corriente crítica norteamericana del proceso escolar el que, afirma, en vez de producir un atinado desarrollo integral del niño, va destruyendo poco a poco todas las potencialidades que éste posee en los primeros años de su vida. How Children Fail (1965), Freedom and Beyond (1970) y Escape from Childhood (1972), son las obras más importantes de este pedagogo.

Nadie comienza su vida siendo un estúpido. Sólo tienes que observar a los bebés y a los niños y pensar seriamente sobre todo lo que hacen y aprenden, para darte cuenta que, con excepción de los seriamente retardados, muestran una forma de vida y una habilidad y deseo de aprender que bien podríamos llamar genial en una persona mayor. Difícilmente un adulto, entre mil o diez mil, podría en tres años de su vida aprender tanto y desarrollar la comprensión del mundo a su alrededor, como lo hace cualquier niño en los primeros tres años de su vida. Pero, ¿qué es lo que pasa con esta extraordinaria capacidad de aprendizaje y comprensión intelectual cuando vamos creciendo?

Lo que pasa que esto se destruye, más que nada debido al proceso mal llamado educación, que se desarrolla en la mayoría de los hogares y las escuelas. Nosotros, los adultos, destruimos la mayor parte de la capacidad intelectual y creativa de los niños por las cosas que les hacemos y obligamos a hacer. Sobre todo destruimos esta capacidad al hacerlos miedosos, temerosos de no hacer lo que otras personas desean, de no agradar, de cometer errores o de estar equivocados. Les infundimos miedo para arriesgarse, miedo para experimentar, para probar las cosas difíciles, miedo a lo desconocido. Aun cuando nosotros no les hemos creado estos temores, siempre que ellos vienen a nosotros con miedos que ya existen, nos servimos de estos temores como asideros para manipularlos y hacerlos que procedan como nosotros deseamos. En lugar de tratar de aminorar sus temores los acrecentamos, a menudo en forma monstruosa. Porque a nosotros nos gustan los niños que nos tienen un poco de miedo, que son dóciles, respetuosos, aunque por supuesto no tanto como para amenazar con desfigurar nuestra imagen de seres cariñosos y amables, a quienes no hay razón para temer. Encontramos ideal la clase de “buenos” niños que nos tienen el suficiente miedo para hacer lo que queremos, sin hacernos sentir que lo hacen debido al miedo que les imponemos.

Destruimos el amor desinteresado (no quiero decir falto de interés) por aprender en los niños, el cual es tan fuerte cuando son pequeños, entusiasmándolos a trabajar a cambio de premios sin importancia – con estrellas doradas, o por sus trabajos marcados con un 100 y pegados a la pared, o con MBs en sus calificaciones, o con su nombre en la lista de honor- en suma, por la innoble satisfacción de sentirse que son mejores que los demás. Los animamos a sentir que el principal objeto de todo lo que hagan en la escuela es nada más conseguir una buena calificación en un examen, o impresionar a alguien con lo que ellos aparentan saber. No solamente matamos su curiosidad sino el sentimiento de que es una cosa buena y admirable el ser curioso, para que así, a la edad de diez años, la mayoría de ellos no hagan preguntas y muestren desdén hacia los pocos que sí las hacen.

De muchas maneras echamos a perder sus convicciones de que las cosas tienen sentido, o su esperanza de que las cosas comprueben que lo tienen. Lo hacemos, antes que nada, presentando la vida de una forma arbitraria y desconectada de la realidad, que luego tratamos de “integrar” con estratagemas irrelevantes y artificiales, como poner a los niños a cantar canciones suizas mientras se estudia la geografía de ese país, o a efectuar problemas de aritmética sobre las rectas paralelas mientras se estudia la adolescencia de Lincoln. Aún más, constantemente los enfrentamos con lo que no tiene sentido, que es ambiguo y contradictorio; peor aún, lo hacemos sin saber que lo estamos haciendo, de manera que escuchando insensateces que se les presentan como si tuvieran sentido, ellos llegan a sentir que la fuente de su confusión descansa no en el material sino en su propia estupidez.

Así, privamos a los niños de su propio sentido común y de la realidad del mundo haciéndolos que jueguen, usen palabras y símbolos que no tienen para ellos ningún significado. Es así como convertimos a una gran parte de nuestros estudiantes en la clase de gente para quien los símbolos no tienen significado, que no pueden usarlos como un medio de aprendizaje que tenga que ver con la realidad; quienes, aun cuando lean libros, los terminan sin saber más de lo que sabían cuando los empezaron; que aprenden algunas palabras nuevas que cascabelean en su cabeza, pero cuyos modelos mentales sobre el mundo permanecen sin cambio alguno y que son, sin duda alguna, impenetrables al cambio. A la minoría, o sea los estudiantes talentosos y con éxito, somos capaces de cambiarlos en algo diferente, pero igualmente peligroso: la clase de gente que puede manipular palabras y símbolos con fluidez mientras se mantienen divorciados de la realidad que representan, la clase de gente que gusta hablar más bien de generalidades pero que se queda callada o indignada si alguien le pide un ejemplo de lo que está hablando; la clase de gente que, en sus discusiones sobre asuntos mundiales, acuña y usa tales palabras como “holocausto” y “devastación” pensando poco en la sangre y el sufrimiento que estas palabras implican.

Animamos a los niños a actuar estúpidamente, no sólo asustándolos y confundiéndolos, sino aburriéndolos llenando sus días con trabajos tediosos y repetitivos que no demandan ninguna atención ni esfuerzo de su inteligencia. Nuestros corazones se llenan de júbilo ante la vista de un cuarto lleno de niños que gritan sin cesar ante una tarea impuesta y nos da más gusto y satisfacción si alguien nos dice que realmente no les gusta lo que están haciendo. Nos decimos a nosotros mismos que esta esclavitud, este trabajar sin objeto, es una buena preparación para la vida y tememos que sin esto los niños serían difíciles de “controlar”. Pero, ¿por qué tiene que ser este trabajo tan aburrido? ¿Por qué no dar ocupaciones que sean interesantes y que demanden un esfuerzo? Porque en las escuelas donde todo trabajo debe ser terminado y cada respuesta debe ser correcta, si damos a los niños trabajos que demanden más esfuerzo se sentirán inseguros e inmediatamente insistirán en que les digamos cómo hacer el trabajo. Cuando se tiene un montón de papeles que llenar con marcas de lápiz, no se puede perder el tiempo con el lujo de pensar. Con estos métodos se establece firmemente en los niños el hábito de usar solamente una parte de su capacidad mental. Ellos sienten que la escuela es un lugar donde deben pasar la mayor parte del tiempo haciendo trabajos aburridos y de una manera tediosa. En poco tiempo están listos para un comportamiento sin inteligencia, del cual muchos no podrán escapar aunque quieran.

La escuela tiende a ser un lugar deshonesto y perturbador. Los adultos no siempre somos honestos con los niños, mucho menos en la escuela. Les decimos no lo que pensamos sino lo que sentimos que deben pensar o lo que otras personas sienten o nos dicen que deben de pensar. Los grupos de presión encuentran fácil sacar de nuestros salones de clase, textos y bibliotecas, todo hecho, verdad e idea que encuentren desagradable o inconveniente. Ni siquiera somos tan sinceros con los niños como podríamos ser sin correr riesgos y como los padres, los políticos, y los grupos de presión nos permitieran ser. Aun en las áreas menos controvertidas de nuestra enseñanza, tanto las lecturas como los libros de texto que damos a los niños presentan una semblanza deshonesta y distorsionada del mundo.

El hecho es que no sentimos que sea una obligación el ser sinceros con los niños. Somos como los jefes y manipuladores de las noticias en Washington, Moscú, Londres, Pekín y París, y todas las otras capitales del mundo. Pensamos que es nuestro derecho y nuestro deber no decir la verdad, sino decir lo que juzgamos que servirá mejor a nuestra causa, en este caso la causa de hacer que los niños se conviertan en la clase de gente que queremos que sean y piensen lo que queremos que piensen. Solamente tenemos que convencernos (y nos convencemos muy fácilmente) de que una mentira será para los niños “mejor” que la verdad y mentiremos. No siempre necesitamos siquiera esa excusa; con frecuencia mentimos solamente por nuestra propia conveniencia.

Peor aún, no somos honestos acerca de nosotros mismos, de nuestros propios temores, limitaciones, debilidades, prejuicios, motivos. Nos presentamos ante los niños como si fuéramos dioses, omniscientes y todopoderosos, siempre racionales, siempre justos, siempre correctos. Esto es peor que cualquier mentira que pudiéramos decir acerca de nosotros. Más de una vez he asombrado a los maestros diciéndoles que cuando los chicos me hacen una pregunta y no sé la respuesta, yo les digo: “no tengo la menor idea”; o cuando cometo algún error, como sucede con frecuencia, les digo: “ya estoy regándola otra vez”; o cuando estoy tratando de hacer algo para lo que no soy bueno, como pintar con acuarela o tocar el clarinete o la corneta, lo hago enfrente de ellos, para que vean cómo batallo con esto y se puedan dar cuenta de que no todos los adultos son buenos para todo. Si un chico me pide hacer algo que no quiero hacer, le digo que no lo hago porque no quiero hacerlo, en lugar de darle una lista de “buenas” razones que parezcan venidas de la Suprema Corte. Es interesante que esta manera más bien abierta de tratar a los chicos da buen resultado. Si le dices a un niño que no haces algo porque no quieres, es muy probable que él acepte esto como un hecho que no puede cambiar; si le dices que deje de hacer algo porque te vuelve loco, hay una muy buena oportunidad para que, sin una palabra más, él deje de hacerlo, porque él sabe lo que eso significa.

Somos, ante todo, deshonestos acerca de nuestros sentimientos, y es precisamente esta deshonestidad de sentimientos lo que hace a la atmósfera de muchas escuelas tan desagradable. Las personas que escriben libros que tienen que leer los maestros, dicen una y otra vez que los maestros deben querer a todos los alumnos del salón, a todos por igual. Si con esto quieren decir que el maestro debe hacer por cada alumno lo más que pueda, que tiene la misma responsabilidad por el bienestar de cada chico, que le conciernen por igual sus problemas, ellos tienen razón. Pero cuando hablan de cariño no quieren decir esto; ellos hablan de sentimientos, afecto, la especie de placer, de gusto y satisfacción que una persona puede sentir por la existencia y compañía de otra. Y eso no es algo que se pueda medir por pequeñas cucharadas, recibiendo cada uno la misma cantidad.

En una discusión sobre esto en un grupo de maestros, dije en una ocasión que yo prefería algunos de los chicos de mi clase sobre otros y que, sin decir a cuáles prefería, se lo había dicho así. Después de todo, esto es algo que los alumnos saben; sea lo que sea lo que les digamos es inútil mentir acerca de esto. Naturalmente, los maestros se horrorizaron. “Qué cosa tan terrible decir eso”, dijo uno de ellos, “yo quiero a todos los niños de mi clase exactamente igual”. Tonterías; el maestro que dice esto se está mintiendo a sí mismo y a los demás y probablemente no quiere ni mucho ni nada a ninguno de sus alumnos. No es que haya nada de mal en esto; a muchos adultos no les gustan los niños y no hay razón para lo contrario. Pero lo malo es que ellos sienten que deberían quererlos, lo cual los hace sentirse culpables, les provoca resentimientos y los lleva a resolver su culpa con indulgencia y su resentimiento con sutiles crueldades, de ese tipo que puede observarse en muchos salones de clase. Por eso, usan una voz melosa, enfermiza y amanerada y falsas sonrisas e insinceras carcajadas, que los niños ven tanto en las escuelas y que con todo derecho resienten y odian.

Como no somos sinceros con los niños, no permitimos que ellos sean sinceros con nosotros. Para empezar, les pedimos que participen de la ficción de que la escuela es un lugar maravilloso y de que aman cada minuto que están en ella. Pronto aprenden que el que no le guste la escuela o el maestro está “prohibido” y no debe decirse, ni siquiera pensarse. Conocí a una niña muy saludable, feliz y encantadora, quien a la edad de cinco años estaba preocupadísima por el hecho de que no le gustaba su maestra de kindergarten. Robert Heinemann trabajó por muchos años con estudiantes problema, que en las escuelas comunes y corrientes no podían ser manejados. Se dio cuenta de que lo que ahogaba y helaba las mentes de estos niños era más que nada el hecho de que no podían expresarse, de que apenas podían darse cuenta del miedo, vergüenza, coraje y odio que las escuelas y sus maestros les provocaban. Estando en una situación en la cual se sentían libres para expresar estos sentimientos, tanto entre ellos como a otras personas, se sentían capaces una vez más para empezar a aprender. ¿Por qué no decirles a los niños lo que yo les decía a mis alumnos de quinto año que se disgustaban conmigo? “La ley dice que tú debes ir a la escuela; no dice que te debe gustar y tampoco dice que yo debo gustarte”. Esto podría hacer la escuela más soportable para muchos de los niños.

Los niños oyen todo el tiempo: “La gente decente no dice esas cosas”. Aprenden temprano en la vida que por razones desconocidas no deben hablar sobre una gran parte de lo que piensan y sienten, sobre lo que más les interesa y les preocupa. Es raro el niño que mientras se está desarrollando encuentra una persona mayor con la cual puede hablar abiertamente sobre lo que más le interesa, concierne y preocupa. Esto es lo que los ricos compran para sus hijos perturbados, cuando por 25 dólares la hora los mandan al psiquiatra. Él es alguien a quien se le puede hablar sinceramente de todo lo que pasa por la mente, sin preocuparse de que se vaya a molestar. Pero, ¿debemos esperar a que un niño llegue a tal extremo con sus problemas y temores para darle esta oportunidad? ¿Debemos de tomar el tiempo de un profesional altamente entrenado para escuchar lo que en sus primeros años ese niño podría haber platicado a alguien que estuviera bien dispuesto a escuchar con simpatía y honestidad?

Los trabajadores de un proyecto llamado “Streetcorner Research”, en Cambridge, Mass., han encontrado que nada mejor que la oportunidad de hablar abiertamente acerca de sí mismos y de sus vidas a personas que los escucharan sin juzgarlos y que se mostraran interesados en ellos como seres humanos, en lugar de ser vistos como problemas que resolver, para rehacer las vidas y personalidades de un gran número de delincuentes que parecían no tener esperanza.

¿No podemos aprender algo de esto? ¿No podemos abrir un espacio para ser sinceros, abiertos y conscientes de las vidas de los niños que están creciendo? ¿Tenemos que esperar hasta que estén todos confusos para darles una oportunidad para decir lo que piensan?

Fuente: John Holt “Cómo fracasan los niños” en De educación y otros temas. Antología en preparación por Sergio Montes García.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *